EL DIA LEON (Viernes)
Si la semana fue un largo zoológico de resignaciones donde desfilaron el burro, el zorro, el pato y el perro, al viernes hay que buscarlo en la cima de la cadena alimenticia. Al viernes, sin dudarlo un solo segundo, hay que compararlo con el león.
El viernes es el león del calendario. Llega con una melena de luces, haciendo temblar los cimientos de la rutina con un rugido que se escucha desde el jueves a la noche. El viernes no pide permiso, no camina despacio ni anda con agachadas; el viernes atropella. Es el animal que rompe los candados de las jaulas invisibles que habitamos de lunes a jueves. Cuando el viernes asoma la cabeza por el horizonte de Chacabuco, el aire cambia, el suelo vibra y los súbditos de la oficina y el taller levantan la mirada porque saben que ha llegado el momento de la liberación. Es el dueño de la selva del fin de semana, el bicho soberbio que nos devuelve la ferocidad y las ganas de devorarnos el mundo.
Y ahí, amigos, es donde el paralelismo con nuestra condición humana se vuelve una verdad que estremece. Porque el hombre de los viernes, ese vecino que sale del laburo pasadas las seis de la tarde, sufre una transmutación metafísica que ni la ciencia puede explicar: el oficinista gris, el colectivero cansado, el comerciante agobiado... todos, absolutamente todos, nos convertimos en leones.
Nos pasamos cuatro días siendo ovejas dóciles que caminan al trote que nos marcan las deudas y los horarios, pero el viernes a la noche salimos a cazar nuestra propia felicidad. Miren el centro del pueblo cuando cae el sol. Las veredas se llenan de melenas al viento, de miradas desafiantes, de tipos que caminan con el pecho inflado como si fueran los dueños de la sabana. Nos vestimos con nuestras mejores galas —que son nuestro pelaje de gala— y salimos a buscar la manada en la mesa del bar, en el club o alrededor de un asado. El viernes nos devuelve el orgullo perdido; nos hace creer que somos libres, que somos los reyes de nuestra propia existencia y que nadie puede venir a decirnos qué hacer con nuestro tiempo.
Pero cuidado, amigos de Pulso, porque la metáfora del león también esconde una ironía bastante amarga. El león de la sabana es el rey, sí, pero es un rey que vive en una reserva condicionada. Y el hombre del viernes, a veces, es un león de zoológico al que le abren la jaula por apenas cuarenta y ocho horas. Nos creemos feroces y libres porque nos dejan rugir un viernes a la noche y devorarnos una pizza con amigos, pero olvidamos que el lunes el domador del reloj nos va a estar esperando con el látigo en la mano para volvernos a encerrar. Nuestra monarquía es un simulacro, una tregua que el sistema nos concede para que no nos volvamos locos del todo.
Aun así, qué lindo es ser león aunque sea por un rato. Qué necesaria es esa soberbia del viernes que nos permite mirar al jefe a los ojos con otra templanza, que nos hace gastar lo que no tenemos con la generosidad de los magnates y que nos empuja a reír con un rugido limpio, que sale del pecho y espanta las penas de los días anteriores.
Por eso, en esta mañana de viernes, la propuesta desde el micrófono de la radio es que asuman su naturaleza salvaje. No salgan a la calle a dar lástima; salgan a pisar fuerte. Sientan el poder de los que han sobrevivido a la semana. Busquen a su manada, defiendan su territorio de alegría contra los aguafiestas de siempre, y rujan con ganas, que para eso hemos arrastrado las cadenas durante tantos días.
Quédense ahí, en la sintonía de Radio Pulso, que acá no domamos a nadie. Acá les dejamos la jaula abierta de par en par para que salgan a correr sueltos por el ancho mundo.