EL DIA PATO (Miercoles)
Si el lunes tuvo la resignación del burro y el martes la astucia silenciosa del zorro, al miércoles hay que buscarle un pariente en el barro de nuestras lagunas. Al miércoles, sin dudarlo un segundo, hay que compararlo con el pato.
El miércoles es el pato del calendario. Mírenlo bien: es un animalito simpático, un bicho campero que camina torcido, que vuela corto y que nada a duras penas. El pato tiene una particularidad que lo define de pies a cabeza: camina y deja una huella desproporcionada, hace un ruido bárbaro con cada paso en el lodo, pero si usted lo apura, se da cuenta de que no es excelente en nada. Vuela, pero no como el halcón; nada, pero no como el dorado; camina, pero da risa verlo andar por el patio. El miércoles es exactamente eso: el día de la mitad, el que quiere ser fin de semana pero todavía tiene las plumas salpicadas por el lunes. Es un día que no termina de definirse, un híbrido que chapotea en el medio del charco de la semana, haciendo un ruidoso cuac de rutina mientras intenta mantener el pico fuera del agua.
Y ahí, amigos, es donde el paralelismo con nuestra propia condición humana se vuelve una pintura costumbrista que nos retrata enteros. Porque el hombre moderno, ese que cruza la plaza de Chacabuco esquivando los charcos de la mañana, es, en el fondo, el más parecido de los animales al pobre pato.
Nos pasamos la vida chapoteando en la mediocridad de las medias tintas. Al igual que el pato, que hace de todo un poco pero nada a la perfección, el ser humano de los miércoles se ha convertido en un especialista de la supervivencia a medias. Trabajamos a medias, amamos a medias, pensamos a medias. Volamos bajito para que el viento de los problemas no nos castigue las alas, nadamos en la superficie para no comprometernos con los abismos de la existencia y caminamos con esa torpeza típica del que no sabe bien hacia dónde va, pero sigue andando porque el resto de la bandada avanza.
Miren a su alrededor un miércoles a la mañana. Somos una comunidad de patos que graznan en la fila del banco, que se quejan del frío en la esquina y que hacen un gran alboroto para disimular que, en realidad, estamos estancados en el mismo estanque de siempre. Nos creemos seres sofisticados, arquitectos de grandes destinos, pero cuando el agua nos llega al cuello, nos conformamos con sacudir las plumas, dar una vuelta en círculo y volver a la seguridad del barro conocido. El hombre del miércoles no busca la gloria del águila; busca apenas que no le tiren un tiro la tarde anterior y que el alimento llegue a tiempo al corral.
Es la terca costumbre de conformarse con el medio camino. Nos desvelamos por alcanzar la orilla, pero cuando llegamos a la mitad del trayecto, nos da pereza seguir nadando y nos quedamos flotando a la deriva, esperando que la corriente del almanaque nos lleve solos hacia el viernes. Vivimos en ese eterno gris del "ni muy muy, ni tan tan", donde el mayor logro es haber pasado el día sin habernos hundido del todo.
Por eso, en esta mañana de miércoles, la propuesta desde el micrófono de Pulso es que, ya que nos toca ser patos en esta laguna de la rutina, por lo menos volemos un poco más alto. No se conformen con chapotear en lo seguro. Levanten la cabeza del barro, miren más allá del alambrado del corral y, aunque el caminar sea torcido y el graznido no tenga la belleza del canto de otros pájaros, que cada aleteo sea un intento genuino de salir de la monotonía.
Quédense ahí, en la sintonía de la radio, que acá no los vamos a dejar boyando en el medio del agua. Acá les tiramos una soga de música y palabras para que la mitad del camino se pase con el alma bien abrigada.