EL DIA PERRO (Jueves)
Si el lunes tuvo la carga del burro, el martes la astucia del zorro y el miércoles el chapoteo inconcluso del pato, al jueves hay que buscarle un pariente en el patio de nuestras casas, en el rincón más noble de la vereda. Al jueves, sin dudarlo un segundo, hay que compararlo con el perro.
El jueves es el perro del calendario. Es ese bicho fiel, movedizo, que nos recibe moviendo la cola porque sabe que el fin de semana está cerca. El jueves ya no tiene la cara agria del lunes ni el disimulo del martes; es un día que nos mira con ojos de buena gente, que se nos pega a las rodillas y nos acompaña con un entusiasmo que contagia. El jueves es el amigo que te olfatea la alegría, el que te ladra desde la esquina del almacén para avisarte que la semana ya está jugada y que el peor arreo ya quedó atrás. Es un día leal, que aguanta los últimos tirones de la rutina con la lengua afuera, pero con la certeza de que el premio de la libertad está a la vuelta de la esquina.
Y ahí, amigos, es donde el paralelismo con nuestra propia condición humana se vuelve una verdad del tamaño de una casa. Porque el hombre de los jueves, el vecino que camina por las calles de Chacabuco sintiendo ya el olorcito al asado o a la juntada que se viene, se parece al perro mucho más de lo que su orgullo le permite admitir.
Nos pasamos la vida buscando un amo a quien moverle la cola. Al igual que el perro, que entrega su fidelidad a cambio de una caricia en la cabeza o un plato de comida, el ser humano de los jueves se vuelve extrañamente dócil y bondadoso porque huele la recompensa del viernes. Soportamos los últimos retos del jefe, los bocinazos del tránsito y las amarguras de la oficina con una mansedumbre casi canina, agachando las orejas pero manteniendo los ojos fijos en la puerta de salida. Somos animales de manada que necesitan la palmadita en la espalda para sentir que el esfuerzo de los días anteriores valió la pena.
Miren a su alrededor un jueves a la tarde. Somos una comunidad de perros callejeros que buscan un rincón de sol para echarse a descansar. Nos volvemos guardianes de nuestras pequeñas alegrías, territoriales con nuestro tiempo libre que está por llegar, y capaces de ladrarle a cualquiera que pretenda estropearnos el humor a esta altura de la semana. El hombre del jueves saca a relucir esa nobleza que el lunes le había escondido: se vuelve más charlatán en el café, más propenso al abrazo, más predispuesto a la complicidad del barrio.
Pero cuidado, amigos, porque el perro también tiene esa terca costumbre de conformarse con las migajas que caen de la mesa del patrón. A veces, el ser humano se conforma con esa libertad precaria que le tiran los fines de semana, conformándose con ladrar detrás del alambrado de sus rutinas en vez de saltarlo. Nos volvemos guardianes de un corral ajeno, cuidando los intereses de otros mientras descuidamos el patio de nuestras propias vidas.
Por eso, en esta mañana de jueves, la propuesta desde el micrófono de Pulso es que tengamos la nobleza del perro, pero también su memoria indómita. Muevan la cola, sí, celebren que la cuesta ya se terminó, pero no pierdan los dientes. Disfruten de la lealtad de los amigos, busquen la manada en la mesa del bar, y prepárense para correr sueltos, sin correa ni collar, en cuanto den las doce de la noche.
Quédense ahí, en la sintonía de la radio, que acá no les ponemos bozal a las ideas ni atamos el sentimiento. Acá los recibimos siempre como el mejor de los amigos, con la mesa servida y la palabra bien dispuesta.