EL DIA BURRO (lunes)
El lunes es el asno del calendario. Llega siempre con el lomo cargado de obligaciones, precedido por la mala fama y recibido con el ceño fruncido de los que todavía tienen el sabor del asado del domingo entre los dientes. Nadie quiere al lunes, nadie le escribe un tango de amor, nadie lo espera con guirnaldas. Al igual que al pobre burro, se lo acepta porque no queda otra, porque es el que arrastra el carro de la semana para que el mundo siga girando. Es terco, es gris, avanza despacio y parece que nos mira con una fijeza que incomoda, recordándonos que el idilio del fin de semana se terminó y hay que volver a agachar la cabeza.
Y ahí, amigos, es donde se produce el inevitable paralelismo con la condición humana. Porque el hombre moderno, ese ciudadano que camina apurado por las veredas de Chacabuco con el celular en la mano y la mente en el vencimiento de la tarjeta, se parece al burro mucho más de lo que su soberbia le permite admitir.
Nos pasamos la vida cargando bultos ajenos. Nos cargamos al hombro las expectativas de la familia, las deudas del banco, el mal humor del jefe y las ansiedades de un futuro que, como ya hemos dicho acá, es apenas una suposición. Caminamos con orejeras, mirando el suelo, sin levantar la vista para ver el sol, convencidos de que nuestro único destino es el rastrojo y el látigo del horario de entrada.
El burro camina porque le ponen una zanahoria adelante, un premio inalcanzable que justifica el paso. El ser humano hace exactamente lo mismo: tolera la carga del lunes con la ilusión de esa zanahoria lejana llamada viernes a la noche. Soportamos cinco días de arreo continuo a cambio de un par de horas de una libertad prestada en el mostrador de un bar.
Somos animales de costumbre, obstinados en nuestra propia rutina. Al igual que el burro, que repite el mismo sendero hasta gastar la tierra, el hombre se ata a sus propios baches, a sus propios errores, y cuando le ofrecen un camino abierto, le da desconfianza y prefiere volver a la seguridad del corral. Sufrimos la carga, nos quejamos con un rebuzno apagado en la mesa del café, pero el martes a la mañana volvemos a poner el lomo con una docilidad que asusta.
Quizás la única diferencia sea que el burro tiene la dignidad de no saberse esclavo. El hombre, en cambio, padece la amnesia metafísica de creer que es libre mientras firma la planilla de asistencia.
Por eso, en esta mañana de lunes, yo les propongo desde el micrófono de Pulso que miremos al día con otra templanza. Ya que tenemos que llevar la carga, hagámoslo con la nobleza de los que no se quiebran. No se dejen amansar del todo por la rutina. Lleven el fardo de las obligaciones, sí, pero dejen un rincón de la cabeza suelto, indómito, capaz de pegar una patada al aire si el patrón de turno pretende ajustar demasiado la cincha.
Quédense ahí, en la sintonía de la radio, que acá no les vamos a poner carga, sino una buena dosis de música y palabra para aliviar el camino, que todavía queda mucha semana por delante.